domingo, 2 de febrero de 2014

Una Descripción Sureña



 Trudy, mi nueva habitación no es como la que tu conociste.

Antes en la casona podíamos hablar y hablar y yo podía cantar hasta la madrugada bien alto, pero ahora tengo que permanecer callada y solo puedo cantar las canciones que les gustan a las personas que viven aquí.

Si supieras Trudy todo por lo que paso. Mi nuevo cuarto es blanco, psicorigido, apto para ensuciarse a la mayor levedad. Hay manchas de pies en las paredes, no sé cómo demonios llegaron ahí Trudy, pero muero del asco cada vez que las veo. Si pudiera sacarme las muelas y restregar con ellas la suciedad tal vez lo hiciera Trudy, pero no puedo. No puedo sacarme las muelas y no tengo ánimos para limpiar, la pereza me consume. Del techo con manchas de humedad cuelga un abanico, Oh Trudy, suelta unos quejidos tan amenazantes por la noche, que siento que voy a morir, está oxidado y solo lo sostiene a su base unas tiras de cinta pegante. Te cuento esto por si muero prematuramente Trudy, tú tienes el deber de buscar a los culpables y hacerlos rendir cuentas. Mi biblioteca Trudy, es pequeña y no tiene todos mis libros. Esos se quedaron y creo que más nunca los voy a ver. No sabes lo triste que me hace el no poder volver a tocar y oler mis libros viejos. Sé que el agua y el moho están haciendo de las suyas, que la mejor decisión no fue dejarlos en aquel deposito, pero ¿qué otra cosa iba a hacer Trudy? Lloro cada vez que imagino a Poirot en esas terribles condiciones. Odio tener televisor, pero esa es la única manera en la que puedo dormir de noche, las luces de colores me relajan, siento que estoy en Times Square. ¿Sabes Trudy? New York y yo nos pertenecemos, solo que todavía no lo sabe. Hablando de New York, todavía tengo la corona de goma de la Estatua de la Libertad que me trajiste. Está colgada de un clavo.

Lo odio, odio mi cuarto, todos los muebles son de un color distinto. Mi cuarto no fue pensado, mi cuarto no fue diseñado para mí. A medida que iba creciendo y a medida que iba necesitando cosas, se le añadían muebles, no hay una organización,  mi cuarto no soy yo.

He tenido que acostumbrarme Trudy, y muy a mi pesar me he acostumbrado. Solo me estoy quejando porque extraño mi antiguo desorden, en estos momentos, ni siquiera tú me reconocerías, es más, nadie  de la antigua casa reconocería a la dictadora-déspota-tirana-absolutista-amante del orden en la que me he convertido. He reducido mi vida a cajones. El cajón de cables y electrónica, donde llegan a parar todos los cargadores huérfanos de su aparato electrónico. El cajón de los papeles y cartulinas de colores –que sirven para hacer manualidades y barcos de papeles y máscaras los días lluviosos- además ahí guardo el libro grande de Leonardo Da Vinci que no cabe en la biblioteca -así de irrisoria es-. Esta el cajón de las pinturas donde también guardo la cajita de las tizas. La abuela se disgustó muchísimo el día que pinté las paredes del cuarto con las estrofas de “We Will Rock You” con tiza roja y azul. Sé que te hubieras desternillado de risa, yo me reí por los dos. Y por último mi cajón favorito, el cajón de las revistas de moda y estilo. Recuerdo Trudy, la primera que compré, fue una edición vieja y manoseada de la Vogue – la biblia- de Octubre 2011. Mi madre accedió a comprármela con la condición de que no consiguiera pólvora esas fiestas patronales. ¡Oh Trudy! Desde ese octubre, confío en que mi mundo se encuentra bajo capas de Dior y faldas Armani, calzando Charlotte Olympias y Alexander Wangs, ocasionales Mary Katrantsous y elegantes abrigos Burberrys y Chanels.

Lo que diera Trudy por levantarme cada mañana con Sinatra como banda sonora; entre rascacielos, Broadway y la Quinta Avenida y no en este mundo lleno de muebles dispares, abanicos sujetos con cinta pegante y sueños rotos.

Trudy, cuanta falta me haces.





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