Trudy, mi nueva habitación no es como la que tu conociste.
Antes en la casona podíamos hablar y hablar y yo podía cantar hasta la madrugada bien alto, pero ahora tengo que permanecer callada y solo puedo cantar las canciones que les gustan a las personas que viven aquí.
Si supieras Trudy todo por lo que paso. Mi nuevo
cuarto es blanco, psicorigido, apto para ensuciarse a la mayor levedad. Hay manchas de pies en las paredes, no sé cómo
demonios llegaron ahí Trudy, pero muero del asco cada vez que las veo. Si
pudiera sacarme las muelas y restregar con ellas la suciedad tal vez lo hiciera
Trudy, pero no puedo. No puedo sacarme las muelas y no tengo ánimos para
limpiar, la pereza me consume. Del techo con manchas de humedad cuelga un abanico,
Oh Trudy, suelta unos quejidos tan amenazantes por la noche, que siento que voy
a morir, está oxidado y solo lo sostiene a su base unas tiras de cinta pegante.
Te cuento esto por si muero prematuramente
Trudy, tú tienes el deber de buscar a los culpables y hacerlos rendir cuentas.
Mi biblioteca Trudy, es pequeña y no tiene todos
mis libros. Esos se quedaron y creo que más nunca los voy a ver. No sabes lo
triste que me hace el no poder volver a tocar y oler mis libros viejos. Sé que
el agua y el moho están haciendo de las suyas, que la mejor decisión no fue
dejarlos en aquel deposito, pero ¿qué otra cosa iba a hacer Trudy? Lloro cada
vez que imagino a Poirot en esas terribles condiciones. Odio tener televisor, pero esa es la única manera en
la que puedo dormir de noche, las luces de colores me relajan, siento que estoy
en Times Square. ¿Sabes Trudy? New York y yo nos pertenecemos, solo que todavía
no lo sabe. Hablando de New York, todavía
tengo la corona de goma de la Estatua de la Libertad que me trajiste. Está
colgada de un clavo.
Lo odio, odio mi cuarto, todos los muebles son
de un color distinto. Mi cuarto no fue pensado, mi cuarto no fue diseñado para
mí. A medida que iba creciendo y a medida que iba necesitando cosas, se le
añadían muebles, no hay una organización, mi cuarto no soy yo.
He tenido que acostumbrarme Trudy, y muy a mi
pesar me he acostumbrado. Solo me estoy quejando porque extraño mi antiguo desorden,
en estos momentos, ni siquiera tú me reconocerías, es más, nadie de la antigua casa
reconocería a la dictadora-déspota-tirana-absolutista-amante del orden en la
que me he convertido. He reducido mi vida a cajones. El cajón de cables y
electrónica, donde llegan a parar todos los cargadores huérfanos de su aparato
electrónico. El cajón de los papeles y cartulinas de colores –que sirven para
hacer manualidades y barcos de papeles y máscaras los días lluviosos- además
ahí guardo el libro grande de Leonardo Da Vinci que no cabe en la biblioteca -así
de irrisoria es-. Esta el cajón de las pinturas donde también guardo la cajita
de las tizas. La abuela se disgustó muchísimo el día que pinté las paredes del
cuarto con las estrofas de “We Will Rock You” con tiza roja y azul. Sé que te
hubieras desternillado de risa, yo me reí por los dos. Y por último mi cajón
favorito, el cajón de las revistas de moda y estilo. Recuerdo Trudy, la primera
que compré, fue una edición vieja y manoseada de la Vogue – la biblia- de
Octubre 2011. Mi madre accedió a comprármela con la condición de que no
consiguiera pólvora esas fiestas patronales. ¡Oh Trudy! Desde ese octubre, confío
en que mi mundo se encuentra bajo capas de Dior y faldas Armani, calzando
Charlotte Olympias y Alexander Wangs, ocasionales Mary Katrantsous y elegantes
abrigos Burberrys y Chanels.
Lo que diera Trudy por levantarme cada mañana con Sinatra como
banda sonora; entre rascacielos, Broadway y la Quinta Avenida y no en este
mundo lleno de muebles dispares, abanicos sujetos con cinta pegante y sueños
rotos.
Trudy, cuanta falta me haces.
