Ayer la abuela Aynelsa cumplió 83 años. Sus amigas y parientas vinieron, hablaron, se rieron, comieron cerdo con tocineta y ensalada de papa, y después cantaron el cumpleaños feliz. Yo me quité los zapatos, aprendí a tocar Let it Be en el piano y comí bastante pudín de vainilla de Patricia Berón. Fue un cumpleaños común y corriente, con las mini peleas y mini confusiones que tienen todos los cumpleaños comunes y corrientes.
Como un preludio del final de la velada, una señora con una guitarra entró por la puerta y cantó varias canciones, todos escucharon y aplaudieron y todos quedamos contentos.
Hasta que las invitadas se fueron. En grupos, en taxis, en carros y camionetas, así como llegaron, solo que sin los regalos que traían al principio, y que reposaron toda la noche sobre la cama de la abuela. Jabones y cremas, telas y toallas. Lo necesario para sobrevivir a la vejez; para no dejarse vencer por el tiempo, para combatirlo con belleza y con estampados florales, con agua de rosas y crema para las manos.
No les pregunté donde habían comprado aquellas blusas tan elegantes, o aquellos pantalones tan cómodos. Me limité a retratarlas con el celular, a explicarles que necesitaba las fotos para un artículo que estaba escribiendo sobre el estilo personal de vestir, sobre el controversial "buen gusto", sobre la elegancia de otras épocas. No les solté todo ese rollo filosófico. Pero casi. Fueron muy amables, me pidieron que les indicara como posar para lograr una buena foto y yo me hice la Demarchelier como pude, sin embargo mis dotes naturales de fotógrafa son nulos, como se puede apreciar en las fotos de abajo.
Lo que más admiro de este grupo de mujeres, es su palpable originalidad y personalidad. Reinas indiscutibles del imperio de la confección y la costura, sus conocimientos van más allá de mi limitada visión del mundo prêt-à-porter. Por eso, y como lección aprendida, antes de mandar a hacer un pantalón, una blusa, una falda, consulto con mi abuela y tías, mis asesoras de textil particulares, desde aquella vez que, fruto de la ignorancia compré tela de mantel para hacerme un vestido.
Ellas, jamás caerían en semejante error. Se desenvuelven como expertas en ingeniería nuclear en todos estos almacenes, escogiendo, peleando y lanzando esas miradas asesinas, que hielan la sangre, adquiridas con la maternidad. Observan, preguntan y siempre tienen la razón. No hay mejores telas que las que ellas escogen, no necesitan de una Vogue o una ELLE, encuentran el oro donde nuestros ojos solo perciben oscuridad.
Sus ideas no son controversiales, una ida a la modista es comparable al momento en el que el diseñador manda sus bocetos al taller. Ellas son sus propios Chanel y Dior, Óscar de la Renta e Yves Saint Laurent. Se inspiran en el día a día, pero su esencia permanece intacta.
¡Feliz Cumpleaños Abue!

