Hay días en los que me levanto con ganas de comerme al mundo.
Literal, mi nevera se llena de Nutella, helado de vainilla de Popsy, brownies de arequipe y galletas oreo. Son de esos días en los que me pongo los audífonos y la primera canción que sale en iTunes es Story of my life de One direction. Es cuando me imagino mi funeral y a la gente llorando por mi. Me imagino lo que dirían y lo triste que estaría Michael Fassbender (mi futuro esposo) y eso me emociona porque me hace sentir querida y porque soy una víbora acapara drama.
Literal, mi nevera se llena de Nutella, helado de vainilla de Popsy, brownies de arequipe y galletas oreo. Son de esos días en los que me pongo los audífonos y la primera canción que sale en iTunes es Story of my life de One direction. Es cuando me imagino mi funeral y a la gente llorando por mi. Me imagino lo que dirían y lo triste que estaría Michael Fassbender (mi futuro esposo) y eso me emociona porque me hace sentir querida y porque soy una víbora acapara drama.
Así son los días malos para el alma pero buenos para la pipa, que crece cada día mas, y poquito a poquito. Son los días que uno dedica a la melancolía, a la soledad. A querer suicidarse mientras oye La Vie en Rose. En los que uno aprecia la luz del atardecer y las gotas de lluvia en la ventana. Cuando uno se siente más europeo, poético y culto que nunca.
También están los días en los que me quiero echar a morir de desesperación, porque no me alcanzan las 24 horas para hacer todo que quiero hacer: volverme un ejemplo de éxito para mi generación. Literal, es cuando empiezo las clases de coding por internet, cuando le quito los subtítulos a las películas, cuando me hago listas interminables en cada cuaderno que encuentro, es cuando me doy ánimos para estudiar las inmamables lecturas que mandan en la universidad, cuando se me ocurren los tweets inteligentísimos y cuando me entra el afán por cocinar sándwiches gourmet y hacer ejercicio.
Me gustan ambos alter egos, tengo como cuatro mil cuatrocientos más, pero estos son los predominantes y mis consentidos. La vaina está, en que ninguno me dura una semana completa. Si la vena suicida me completara todo un mes, pues vaya y venga, perfecto. Podría vivir a punta de todos los libros de mi biblioteca que no he leído (y que me gritan BRUTA cada vez que los miro)
Por ejemplo, hace quince minutos estaba decidida a escribir una tesis de los problemas a los que me enfrento por tanto "ay yo yo tu tu tu"#silvestremode
Lo malo (y lo que siempre pasa) es que esas ganas locas de escribir se han evaporado.
Hace un tiempo (tres meses) pensé seriamente en entrar a la naval. Me cante infinidad de veces "In The Navy" e imagine mi propio drama ambientado durante la Segunda Guerra Mundial al lado de Ben Affleck y Josh Hartnett
Realmente estaba considerando esa posibilidad, sobretodo porque esta dualidad de irresponsabilidad y orden me están consumiendo.
Me imaginaba que un sargento gritándome en el oído día y noche iba a convertirme en la control freak que soy en mi subconsciente. Además, siempre me quise cantar la canción de Popeye (mi abuelo y mi papá fueron marineros)
Lo único malo, era esa cosa tan fastidiosa del ejercicio y el régimen militar. Que aunque le venía excelentemente bien a mi jamás-trabajado cuerpo, no entraba dentro de los parámetros de sacrificio que mi psiquis podía tolerar. Si, aguanto una hora en la elíptica, y clases de zumba los domingos, pero al final siempre parezco una mantarraya muerta, resoplando como locomotora, del esfuerzo, y para colmo toda colorá. No quería ni imaginar lo que una semana de abdominales y sentadillas le iban a hacer a mi salud mental.
Pero como todo, lo que entra por el hemisferio positivo un día, sale por el negativo 24 horas después.
Si el lector, que ha llegado a este punto, supone que dejé la universidad, tararará tiene razón. Me salí. creyendo seriamente que mi vagancia iba a estar justificada por un futuro del tipo Mark Zuckerberg ft Steve Jobs. Que iba a ser la colombiana que triunfaba en grande, la que le hacía competencia a Lorde y su Grammy a los 17, a Jennifer Lawrence y su Óscar a los 22 o a Lena Dunham y su Emmy a los 26. Pero aquí sigo, 18 años, con unas historias que no valen ni para escribir una sitcom. Quejándome de lo lindo porque esta empezando el año y dentro de poco tengo 19 y no tengo el futuro que todas las series de tv me prometieron.
#Los19SonLosNuevos40



