viernes, 14 de febrero de 2014

EL AMORT



Desde chiquita, he sido una fanática de los romances en las películas. Una tragedialiber.
Shakespeare in Love, Moulin Rouge y Titanic ocupan los primeros puestos en mi larguísima lista de dramas para llorar, junto a Dumbo y Bambi de Disney y la máquina del llanto Stark, Game of Thrones. 





Es la hora y todavía aplaudo en silencio, cada vez que una trágica pareja logra -POR FIN- unirse, en una trágica película, antes de los créditos. Sufro y me alegro con ellos y soy feliz cuando los malos no logran separarlos y me enfurezco con todo aquel que quiera acabar su romance. Es la única manera de afrontar esta vida sin drama, sin finales felices y sin el One. 

Todo esto, porque hoy es San Valentín y yo estoy aquí, sola como un hongo, leyendo la revista ELLE y engordando. Sin nadie que me traiga unas flores horrorosas o una caja de chocolates Ferrero a la casa. Carajo, ni siquiera alguien que me escriba cosas bonitas por whatsapp. Todo lo que recibo es "¿cómo estas? ¿Dónde estas? ¿A qué hora llegas?" de mis papás. 

Deprimente. 

Como no tenía plan alguno, me puse a hablar con las personas que viven conmigo. Que son un poco. Mi mamá y mi papá, que estaban viendo CSI. Mi abuelo y abuela, que estaban viéndose Yo Me Llamo. Donde mis tíos también estaban pendientes del reality. Pero eso no me importó, y a todos interrumpí con la misma cantaleta. Fueron muy buenos old sports, hay que reconocerles, se tomaron su tiempo -entre propaganda y propaganda- para contarme algunas de sus historias románticas. A las que he titulado La Procesión, La Propuesta y La Conquista. 



La Procesión. 

La mama de ella fue quien lo vio a él por primera vez. Fue la primera que pensó que él y su hija harían la pareja perfecta. Ella escuchó la historia que le contó su madre, de aquel hombre tan inteligente. Pero no le prestó atención. Un día, los dos coincidieron en una procesión religiosa. Él iba en una fila y ella iba en otra, junto a la celestina de este cuento. Ambas mujeres estuvieron toda la jornada más pendientes de él, que de las oraciones y los rezos. 


La Propuesta. 

Ellos iban en el carro, el iba manejando. 
De la nada y casi indiferente, le soltó la pregunta "¿Oye, por qué no nos casamos?" . Ella no se acuerda de lo que le dijo, pero seguro aceptó. El vestido de novia es la prueba. Todos dicen que está llenándose de polillas en algún closet de la casona, pero nadie sabe con certeza en cual. 
No hubo anillo. El compró una estufa para el apartamento donde vivirían. Pero ninguno de los dos aprendió nunca a cocinar. 



La Conquista. 

Ellos vivían en la misma calle. Para él fue amor a primera vista. Cuando se le declaró, ella lo rechazó de plano. Le dijo que estaba pensando en sus estudios y que ella no se iba a complicar por un hombre, ni siquiera por el. Pero él no perdió la esperanza. Persistió en su empresa y tentó su suerte, más que cualquier otro hombre en la historia del amor. A veces, presa de la desesperación, llegaba a contemplar la posibilidad de suicidarse. 
En momentos pensaba en matarla a ella, en momentos, al hombre sin rostro que se convirtiera en su marido. Rozó los límites de la locura. Su ánimo iba en picada, empezó a dudar de sí mismo, de su valía. Se dedicó a conquistar mujeres. Durante una época alcanzó a tener cinco novias. A quienes visitaba, sistemáticamente, en bicicleta. Cuando ella se graduó del colegio, el volvió a intentarlo, pero la respuesta no fue distinta, ella le dijo que tenía que esperar a que su hermano terminara la carrera de medicina. 

Ocho años después, ella accedió a ser su novia. El no creyó que tanta felicidad fuera posible.





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