Ayer fue mi cuarto primer día en dos años.
Espero con el corazón, que sea el último dentro del tiempo que dura esta carrera. Por ahora, mis sueños de éxito a lo grande están borrosos, perdidos en la distancia. No creo que se hagan realidad dentro de poco. Pero yo sigo creyéndolos, es más fácil así.
Para afrontar lo que serían mis primeras clases, ayer me pase haciendo buenas obras durante toda la mañana (para llenarme de karma positiva): regalé un pan de queso a un señor que me pidió limosna afuera de Carulla, di los buenos días en los colectivos -el lunes me pasé diciendo buenas tardes desde las ocho de la mañana-, me encontré a una amiga que cumplía años y me faltó poco para decirle a la señora del chuzo de los celulares, que le cantara el cumpleaños feliz conmigo -de la que te salvaste Ale-.
Todo me estaba saliendo bien, excepto por el calor achicharrador constante de esta ciudad.
Sin embargo, tenía miedo. Dos de la tarde, sol inclemente, medio centro que caminar y yo no tenía ni idea de a que salón tenía que ir, mucho menos como era el horario. No sabía siquiera si llegaba tarde o temprano. Espanté la ansiedad como pude, y de la manera más digna posible caminé el resto de cuadras que me faltaban con esta canción en la cabeza, ignorando el peso de la infalible mochila estudiantil al hombro, y el hecho de que no tenía curitas para las vejigas que me estaban haciendo los zapatos nuevos. Cuando me percaté, la verdad me golpeó como un rayo, oficialmente había entrado a clase.
kit universitario
Además del estrés en exagere de los primeros días, lo usual, es que estos, estén llenos de prejuicios; quien se ve inteligente, intenso, burlón. Uno registra cada espécimen mientras pretende escuchar al profesor; quien esta bueno; quién se parece a menganejo, perencejo o sutanejo; de quién podría ser amiga; que tal son los profesores; a quién hay que decirle maestro y a quien se le trata de usted. Esos primeros días, sola como un hongo, todo se ve diferente. Todavía no hay una amiga cotorra con quién chismosear una clase completa, ni un amigo que mame gallo, no está el que escucha los problemas en silencio y tampoco con el que se puede hablar de música, cine y libros en modo hipster.
Eso es lo malo del primer día, el miedo, la angustia, viene el pánico escénico y es cuando uno empieza a rezar el ángelus, rogando para que no se le salga un peo a la mitad de la clase de Salud Ocupacional.
Gracias a la virgen, los ángeles y Meryl Streep, me encontré con dos amigos, lo que hizo que este primer día no fuera tan horrible como los demás. Con ellos pude hacer grupo y leer las copias que mandó el profesor. Que nos hizo salir 20 minutos más tarde; lo que no estuvo del todo mal, porque la tarde-noche estaba fresca y era posible caminar varias cuadras seguidas sin sufrir una deshidratación crónica.
Creo que Krishna se dio cuenta de todo lo bueno que hice ayer, porque fui recompensada con un helado de Galleta Italiana (gracias papi) además de una visita rápida a una de mis instalaciones favoritas de la Bienal.



