Hace unos días estaba oyendo el
álbum homónimo de Beyoncé. El que acaba de sacar hace poquito, en diciembre. Y para ser
brutalmente sincera, no quería escribir
este artículo.
Primero porque yo no sé nada de música y todo lo que podría decir de las canciones o la producción sería una maraña de bobadas, algo así como “esta canción es espectacular y está también, y esta, y esta y esta y así hasta llegar a la última sin haber dicho absolutamente nada.”
Segundo porque yo no soy periodista. Será pretencioso, pero solo me gusta escribir cuentos, no soy fan de escribir sobre mi vida y no me gusta tampoco redactar cinco párrafos de opiniones. Para eso ya tengo Twitter y cuando me contestan, también tengo Whatsapp y Snapchat.
Primero porque yo no sé nada de música y todo lo que podría decir de las canciones o la producción sería una maraña de bobadas, algo así como “esta canción es espectacular y está también, y esta, y esta y esta y así hasta llegar a la última sin haber dicho absolutamente nada.”
Segundo porque yo no soy periodista. Será pretencioso, pero solo me gusta escribir cuentos, no soy fan de escribir sobre mi vida y no me gusta tampoco redactar cinco párrafos de opiniones. Para eso ya tengo Twitter y cuando me contestan, también tengo Whatsapp y Snapchat.
Para ser sincera este artículo
debería ser una detallada y compleja crítica del nuevo álbum de Beyoncé… Realmente
espero tener la oportunidad de hablar sobre él. Pero por ahora voy a hablar
de otra cosa (ya van a ver como todo encaja al final). Casi el mismo día que
escuché todas las canciones nuevas,
encontré un blog. La persona que escribía en él tenía talento. Demasiado, diría
yo. Tanto así que me dio miedo y me hizo cuestionarme mi propio estilo. Revisé
miles de archivos, cuentos y artículos que había escrito. También Twitter y
Facebook, y todo me pareció una soberana porquería. Es más, pospuse este
artículo hasta la fecha límite, y ahora estoy aquí, corriendo para acabarlo de
cualquier manera.
Fue un shock. ¿Cómo alguien tan
joven podía escribir tan bien? Cuestioné mis cualidades, y muy poco saqué en conclusión: la verdad es
que creatividad no me falta, (y tampoco me sobra mucha humildad). Y eso,
combinado con un delirio de grandeza bipolar, es un daikiri explosivo-nuclear-radioactivo,
no para el resto de las personas pero si para mí.
Mientras veía como por quinta vez
el mismo episodio de Keeping
Up with the Kardashians, y aburrida hasta el tuétano con la voz de Kourtney (que me da la
impresión de un grillo muerto) me puse a escuchar de nuevo el álbum de Beyoncé.
Esperando que la creatividad me llegara del cielo. Leí las letras y me puse a
bailar frente al espejo, con los audífonos puestos y cantando a grito pela’o
para infortunio de todas las personas que sufren de migraña en mi casa.
Y casi como un episodio de Glee
encontré la inspiración para escribir. #YeahBitch
Sobre todo porque cada canción
sirve para un estado de ánimo determinado, XO hace las veces del Some Nights de
FUN. Porque siempre necesitamos una canción motivacional para cantar en la
ducha; Mine es la canción pegajosa pero triste, perfecta para mirar por la
ventana durante las clases de las dos de la tarde, sintiéndote en un video de
Lana del Rey; Haunted es para ponerla en el carro (aunque yo no tenga carro,
pero la pondría definitivo para ir a
Carulla a comprar el desayuno) Flawless sirve para vestirse e imaginar que uno
vive en Beverly Hills, porque es de esas que ponen en los trailers de películas
tipo Mean Girls, cuando el combo va caminando en slow mo; Partition es la banda
sonora de la loba que todas llevamos dentro y hay que escuchar Drunk in Love
porque básicamente “Surfboard” va a ser el YOLO del 2014.
